Para mí la explicación es bastante simple: no es que el PRI haya ganado, sino que el PAN y el PRD perdieron. Sé que esto puede sonar un poco estúpido, pero permítanme explicarme mejor. Desde mi punto de vista, la victoria del PRI en las urnas se debe únicamente al asqueroso desempeño que sus dos más importantes (o tal vez únicos) competidores han tenido en los últimos meses.
La popularidad del PAN se ha estado hundiendo gracias a un presidente (espurio) que prometió empleo y que no ha cumplido, que prometió bajar los precios de los energéticos y que los ha subido. Pero más que nada, la gente no votó por el PAN porque el gobierno federal insiste en pelear una guerra que sólo ha servido para llenar las calles de balas y de muertos. Por más flores que el gobierno de Calderón se eche a sí mismo en los medios de comunicación, la verdad es que la gente tiene miedo; la gente no está conforme con la actual situación de la seguridad pública (es decir, que no la hay) y por eso no votaron por el PAN.
El otro partido que le hizo el favor al PRI es el fracturado y desgastado PRD. A pesar de que sigue fuerte en el Distrito Federal, la impresión que las constantes pugnas en el interior del partido han dejado en la población es la de un partido de peleoneros. Hay que agregar la enorme división que se ha creado entre los perredistas adeptos a Jesús Ortega y los fieles a López Obrador, quien incluso respaldó a otros partidos menores en estas elecciones.
El resultado de las elecciones del 5 de julio no debe ser interpretado como una victoria del PRI, sino como una derrota del sistema político mexicano, en las que, de los pocos mexicanos que decidieron salir a votar, una parte prefirió anular su voto, y la otra eligió votar por el menos malo, aunque eso significara alimentar la llama que durante tantos años tantos mexicanos tratamos de apagar.
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